La Destrucción de la Confianza en las Instituciones

En República Dominicana, el ciudadano ha dejado de confiar en el Estado. No por capricho, sino por experiencia. Las instituciones que deberían proteger, servir y educar se han convertido en promotoras del abuso, del robo sistemático y de la humillación cotidiana.

Este no es un artículo más: es una denuncia urgente, un llamado a despertar, una exigencia de dignidad.

El colapso institucional: cuando el Estado traiciona

La Corporación Dominicana de Electricidad, como muchas otras entidades públicas, ha dejado de ser un servicio para convertirse en una maquinaria de atropello. Facturas infladas, contadores ignorados, cobros sin respaldo y trabajadores que actúan como dueños de lo ajeno. Se incautan cables, desaparecen contadores, se pacta con clientes en la sombra.

Y todo esto ocurre con una empresa que debería ser ejemplo de transparencia.

Cada acción injusta lleva un mensaje destructor de confianza a cada hogar del país.

Pero no es solo la electricidad. Es el agua, la salud, la educación, la seguridad. Es el Estado entero que, en lugar de construir confianza, la destruye con cada acto de impunidad.

Cuando un funcionario dice “usted sabe quién soy yo” y se sale con la suya, el mensaje es claro: **aquí no hay ley, solo poder.**

La cultura del abuso: cuando el pueblo se rinde

La consecuencia más grave no es solo el robo institucional. Es la transformación del alma ciudadana.

Hoy, muchos dominicanos creen que robar la luz es más seguro que pagarla, que actuar con honestidad es de ingenuos, que denunciar es inútil. Esta normalización del abuso ha creado una cultura de desesperanza, donde el ciudadano se siente víctima sin defensa, sin respaldo, sin futuro.

Incluso las organizaciones comunitarias, los gremios, las iglesias, han perdido su voz. Han decidido callar. Y ese silencio es cómplice.

La erosión silenciosa: cómo se destruye la confianza social

Cada acto de abuso institucional es más que una injusticia puntual: es un mensaje que se repite y cala en la mente de los ciudadanos, como la gota de agua que cae una y otra vez sobre la piedra hasta abrirle un hoyo.

Ese mensaje —de que la ley no protege, de que la justicia es selectiva, de que el poder siempre gana— corroe lentamente la confianza no solo en el Estado, sino en todas las instituciones que sostienen la vida colectiva.

Así, el ciudadano que ha sido víctima de una empresa pública termina desconfiando también de su comunidad, de la escuela, de la justicia, e incluso de su propia familia.

Lo que está en juego ya no es solo la gobernabilidad: es la posibilidad misma de vivir en sociedad.

Cuando se destruye la confianza, se destruye el pegamento invisible que mantiene unida a la nación.

Lo que el pueblo exige: justicia, transparencia y acción

El pueblo no pide milagros: exige respeto.

Exige auditorías independientes, sanciones ejemplares para los empleados corruptos, reactivación de juntas de vecinos y clubes comunitarios como entes de fiscalización.

Exige espacios de denuncia accesibles, seguros y con seguimiento público.

Porque el pueblo no es tonto. El pueblo está herido, pero no vencido.

Y cuando se levanta, lo hace con fuerza.

No más silencio: el momento es ahora

Este artículo es una declaración de guerra contra la indiferencia.

Contra el abuso institucional que nos roba la luz, el agua, la salud, pero sobre todo, **la esperanza. **

Convocamos a los ciudadanos conscientes, a los líderes éticos, a los jóvenes indignados, a levantar la voz.

A no aceptar más el “usted sabe quién soy yo”.

A exigir que el Estado vuelva a ser **nuestro. **

Porque un país sin confianza en sus instituciones es un país sin futuro.

La denuncia en una **reflexión moral y estratégica**: no se trata solo de castigar la corrupción, sino de **reconstruir el tejido de confianza** que hace posible toda forma de convivencia EN EL PAIS.

 

 

Comentarios

Entradas populares