La Pascua y el legado del Padre Julio Silla Navarro

 La soledad: un problema global

Hoy en día, muchos gobiernos comienzan a reconocer la soledad como un grave problema de salud pública. En Japón, por ejemplo, existe un lugar en el monte Fuji donde personas de distintas partes del mundo acuden para poner fin a sus vidas.

También allí ha surgido un fenómeno doloroso: el de los hikikomori, jóvenes que se encierran durante meses o incluso años, temiendo más a la vida que a la muerte misma.

Cuando la abundancia no basta

Casos como el del actor Robin Williams, admirado y exitoso, muestran que ni la fama ni la riqueza son suficientes para llenar el vacío que deja la soledad. A pesar de tenerlo todo, la ausencia de sentido y conexión puede llevar a una persona a renunciar al milagro de la existencia.

Ser humano es un proyecto colectivo

Nadie se convierte en ser humano solo. Nadie se salva solo. Todo lo que somos, lo somos gracias a otros: comenzando por nuestros padres, nuestra familia, y las personas que han influido en nuestra vida. Hasta Dios, siendo uno, se manifiesta como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Fuimos creados para vivir en relación, para salir de nuestro propio cascarón y extendernos hacia los demás. Si no lo hacemos, como un huevo que no eclosiona, nos arriesgamos a malograrnos.

Lázaro y la fuerza de los vínculos

La necesidad de los otros se manifiesta en el relato de Lázaro, quien había muerto, pero fue devuelto a la vida por una relación significativa con Jesús. Así también, nuestros jóvenes necesitan de alguien que les llame, que les despierte, que les recuerde que su vida tiene sentido.

La Pascua: un camino de resurrección

En nuestro país, los jóvenes pueden experimentar algo transformador: la Pascua. Esta experiencia espiritual los saca de la oscuridad —de los infiernos personales que viven muchos hoy— y los lleva a descubrir la luz de la esperanza.

El Padre Julio Silla Navarro: un otro Cristo

El Padre Julio Silla Navarro fue, para nosotros, como otro Cristo: Nosotros Lazaros y él nos resucitó.

 En Cristo Rey, organizó el primer Congreso Juvenil Parroquial en la antigua capilla del Sagrado Corazón de Jesús, en Villa Juana. Al año siguiente, dio inicio a las primeras Pascuas Juveniles que hoy conocemos. Las pascuas son manifestación local de la experiencia de  Taizé.

Cientos, miles de jóvenes, en la segunda mitad de los años 60 y durante los 70, fueron tocados por su entrega, su palabra y su ejemplo.

Abraham es el padre del pueblo de Dios.

Moisés lo sacó de la esclavitud egipcia.

Jesús nos enseña el camino a la casa del padre.

El padre Silla le enseño a los jóvenes dominicano a encontrar el camino de la esperanza. Eso es la Pascua.

Nos enseñó a ser constructores de nuestra vida, al mismo tiempo que ayudamos a los demás a construir la suya. Nos mostró la importancia de encontrar sentido en la vida a través del servicio a quienes más lo necesitan, ayudándoles a descubrir su propio propósito. Al construir un futuro, enfatizó la necesidad de establecer relaciones que brinden sostenibilidad, ya que solo estas conexiones nos permiten aprovechar la inteligencia de los demás mientras compartimos la nuestra. Compartir, convivir y comunicar enriquecen nuestras vidas, convirtiéndonos en portadores de luz y esperanza.

"Esas experiencias podrían llamarse “revelaciones existenciales” o “transformaciones trascendentales”. Son momentos en los que una persona descubre un significado profundo que cambia su vida y la impulsa a actuar con un propósito mayor."

 En la historia, quienes han vivido este tipo de transformación, su pascua, han cambiado esa historia. Ese fue el proyecto de este titán de nuestra historia: enseñarle a los jóvenes a cambiar su historia ayudando a cambiar positivamente la de todos los que se encontrasen en su camino. 

¡Gracias señor por ver tenido la experiencia de conocerlo!

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