El país que soñamos comienza por la cama que tendemos

 Un llamado a la acción desde lo cotidiano

Si de verdad queremos hacer algo por nuestro país, vale la pena hacernos algunas preguntas incómodas:

  • ¿Qué es lo que realmente hay que hacer?
  • ¿Qué ha impedido que se haga?
  • ¿Cuáles son los obstáculos que han bloqueado esas acciones?
  • ¿Estamos seguros de que no podemos hacer nada?

Tanto los jóvenes como los menos jóvenes, si deseamos transformar nuestro presente y construir un mejor futuro, debemos comenzar por dejar de autoengañarnos. Nos hemos acostumbrado a acomodar la realidad a nuestras excusas, interpretándola de forma conveniente para mantenernos en la zona de confort y evadir el compromiso.

Este es uno de los grandes males de nuestra sociedad: el autoengaño disfrazado de impotencia o prudencia. A veces decimos que todo está perdido, otras veces creemos que el cambio es tarea de otros. Pero en ambos casos, el resultado es el mismo: la inacción.

Cambiar el mundo desde lo cotidiano

Hace algunos años vi un video de inducción de la Marina estadounidense que me impactó profundamente. En él, el almirante William H. McRaven, en su famoso discurso de graduación en la Universidad de Texas (2014), afirmaba:

"Si quieres cambiar el mundo, comienza por tender tu cama."

Ese gesto diario, aparentemente insignificante, es símbolo de orden, disciplina y responsabilidad. Nos recuerda que los grandes cambios empiezan por acciones pequeñas, constantes y coherentes.

Más adelante, comprendí el principio del efecto mariposa, que sostiene que una pequeña acción puede desencadenar grandes consecuencias en un sistema complejo. Y en mi trabajo como facilitador, conocí lo que el pensador de sistemas John Gall formuló en su obra Systemantics:

"Un sistema complejo que funciona siempre ha evolucionado a partir de un sistema simple que funcionaba."

Es decir, si los fundamentos, sencillos, están mal, nada complejo puede sostenerse con éxito. Si queremos un país justo, ético, próspero y pacífico, necesitamos primero que funcionen cosas básicas: la palabra dada, la escucha atenta, la responsabilidad, el respeto, la puntualidad.
Son estas acciones sencillas, aparentemente invisibles, las que realmente sostienen los grandes procesos sociales.

El divorcio entre saber y hacer

Muchos que dirigen instituciones, centros académicos y organizaciones sociales hablan de “formar ciudadanos” o “construir futuro”. Pero pocas veces crean espacios donde se practiquen esas acciones básicas que cambian vidas.

Existe un divorcio profundo entre el conocimiento académico y las habilidades humanas fundamentales. Se enseña con palabras, pero no con el ejemplo. Se habla de ética, pero no se vive. Se promueven valores, pero no se practican.

He vivido entre científicos, educadores, luchadores sociales y espirituales. Y he visto cómo muchas personas buscan más reconocimiento que transformación real. Se aferran a sus títulos como si fueran coronas de nobleza. Hoy en día, en lugar de príncipes, nos encontramos con doctores, licenciados e ingenieros… pero muchas veces vacíos de coherencia vivida.

En un partido político con el que tuve vínculo, se solía decir con fuerza:

"Que los hechos le hagan honor a la palabra."

Esto solo es posible cuando el conocimiento se convierte en vida, en acción cotidiana, en experiencia vital.
De lo contrario, es como un alimento digerido pero no asimilado: no nutre ni transforma. Cuando, en cambio, el conocimiento se pone en práctica y se convierte en habilidad y destreza, entonces sí nutre, sí transforma. El alimento desaparece, pero deja su fuerza en quien lo absorbió.

Reconstruir el país desde los espacios cotidianos

Si queremos reconstruir el presente y el futuro del país, tenemos que empezar por reconstruir nuestra cotidianidad. No desde grandes discursos, sino desde actos pequeños pero constantes.

Y esos actos deben ejercitarse en todos los espacios donde se da la interacción humana:
la familia, la escuela, la comunidad, las iglesias, los clubes, los trabajos.

Los líderes que merecen confianza no son los que más hablan, sino los que viven lo que predican. El conocimiento necesita un compañero inseparable: la acción. No deben divorciarse.

Un verdadero proceso de transformación social empieza cuando las personas ejercen acciones simples y significativas, que se incorporan a su vida hasta formar parte de su identidad.
Como el alimento que se transforma en el cuerpo, o como el amor que une al que ama y al amado hasta que se hacen uno.


Preguntas para despertar

  • ¿Cuáles son esas acciones sencillas que, si se practicaran de forma constante, podrían cambiar el mundo?
  • Si esas acciones son posibles y están al alcance de todos… ¿por qué no se practican?
  • ¿Qué nos impide comenzar hoy, desde donde estamos y con lo que tenemos?

 

 

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