Del olvido a la catástrofe: un llamado urgente a despertar
El sueño que se volvió frustración
Siempre he
creído que el mundo podía ser diferente.
Gracias a Dios, en lo personal, no me puedo quejar: logré una profesión, varios
posgrados y un bienestar económico razonable.
Pero ese sueño de un mundo mejor, ese ideal que sostuve durante más de 50 años
militando en ideas revolucionarias, hoy me pesa como una gran frustración.
He visto
procesos que prometían cambiar el mundo hundirse en luchas de poder, en traiciones,
en ambiciones personales.
Incluso los movimientos espirituales, en los que busqué respuestas más allá de
lo material, terminaron siendo igual de inauténticos.
Mientras tanto, el país se cae a pedazos
Explosiones,
derrumbes, incendios, accidentes evitables.
Todo el mundo sabe por qué ocurren.
Todo el mundo sabe qué protocolos y normas se ignoran.
Todo el mundo ve el abandono, la corrupción y el desorden.
Y aun así, después de cada tragedia, todo sigue igual.
Unas semanas de noticias, de indignación en redes sociales… y luego el olvido.
Pero el daño
no desaparece. Se acumula.
Una inflamación silenciosa nos consume
Como una
inflamación crónica que mata lentamente el cuerpo sin dar síntomas inmediatos,
nuestra sociedad también está siendo destruida por una enfermedad invisible: corrupción,
impunidad, indiferencia, violencia, abandono.
Callamos.
Olvidamos. Nos acostumbramos.
Y cada día perdemos un poco más de humanidad.
¿Dónde están los que deberían liderar?
¿Dónde están
los que dicen tener conciencia social?
¿Dónde están los "revolucionarios", los pastores, los sacerdotes, los
educadores, los líderes comunitarios?
Muchas
organizaciones sociales, juntas de vecinos, sociedades de padres, clubes
barriales e iglesias, en vez de ser semilleros de solidaridad y transformación,
se han convertido en feudos de intereses particulares o en estructuras vacías.
¿Cómo vamos a cambiar un país si ni siquiera sabemos saludar, agradecer,
escuchar o tender la mano al vecino?
Muchos creen
que para cambiar las cosas se necesitan grandes proyectos, enormes presupuestos
o líderes mesiánicos.
Pero la verdad es que todo empieza con pequeños actos de responsabilidad y
de respeto, todos los días, desde los espacios más cercanos.
Si no aprendemos a cuidar lo pequeño, jamás construiremos nada grande.
Lo
que aún podemos
hacer
Hoy, más que
nunca, necesitamos grupos auténticos que no negocien su conciencia.
Cooperativas honestas, juntas de vecinos comprometidas, iglesias que sirvan de
verdad, instituciones que eduquen para la vida.
No
necesitamos que todo el mundo despierte: basta con que algunos entiendan la
gravedad del momento y actúen. Recuérdese el efecto mariposa.
Cierre
El olvido es
una traición silenciosa.
La indiferencia es una forma cobarde de destruir.
No es el
enemigo externo quien más daño nos hace, sino nuestra propia resignación,
nuestra pasividad cotidiana, nuestra costumbre de mirar hacia otro lado.
Pero aún
estamos a tiempo.
Mientras haya un puñado de corazones valientes, de conciencias despiertas, de
almas dispuestas a actuar, todavía podemos impedir la catástrofe total.
Que cada
pequeño acto de decencia sea una rebelión contra el olvido.
Que cada palabra honesta sea una chispa contra la oscuridad.
Que no nos
gane la resignación.
Que nos gane el amor responsable.
Que los que creen que van a cambiar el mundo con manifestando enojo en una cafetería o un club social, un chat, se decidan a salir a visitar un amigo un vecino e interesarse por estar presente.
¡Pequeñas acciones que les hagan honor a sus palabras!
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