Cuando el dolor no enseña, el dolor se repite: ¿podemos recuperar el alma de nuestra nación?
Despertamos solo ante el desastre
A lo largo de mi vida, he sido testigo de cómo nuestra
sociedad ha cambiado, de cómo ha evolucionado en muchos aspectos… pero también
he visto cómo en su interior ha ido creciendo un cáncer silencioso que hoy
amenaza con destruirla por completo.
He presenciado momentos donde hasta la naturaleza
pareció estremecerse: la muerte de Trujillo, el atentado a las Torres Gemelas,
el terremoto de Haití, entre otros,… y más recientemente, un derrumbe que
sacude la conciencia del país. Explosiones, incendios, accidentes, asesinatos, derrumbes.
Estos eventos despiertan por un instante
sentimientos de dolor, solidaridad y compasión. Pero tan pronto como se disipan
los escombros, se duerme otra vez el alma colectiva, como si fuéramos zombis
que solo se despiertan ante el horror.
Y lo peor es que muchos de estos horrores son
evitables.
La corrupción: un cáncer que consume
nuestra identidad
Vivimos en una nación donde los riesgos son conocidos.
Existen instituciones encargadas de prevenir, educar, mitigar. Y sin embargo,
seguimos llorando tragedias que pudieron prevenirse. Seguimos reaccionando
cuando ya no hay remedio. Seguimos lamentando cuando el daño ya está hecho.
Pero esta no es solo una desgracia puntual. Es apenas
la punta del iceberg. Lo que está debajo —invisible para muchos— es una
desgracia mayor: una corrupción sistémica que ha carcomido el alma del pueblo
dominicano.
Este mal no solo roba fondos públicos. Roba
esperanzas, destruye vínculos, rompe la confianza, mata el espíritu. Hoy en
día, nadie confía en nadie. Todo se hace con cálculo: “¿Qué gano yo con esto?”,
incluso dentro de nuestras propias familias, incluso dentro de las iglesias. "Todo se compra y se vende"
Cuando la empatía se convierte en
espectáculo
La empatía, la solidaridad, la compasión… esas
virtudes que nos caracterizaban, están en vía de extinción. Vivimos una especie
de “capitalismo emocional”, donde todo se mide en términos de rentabilidad
personal.
¿Existe una desgracia mayor que esa?
La pérdida del liderazgo espiritual
Nuestros niños y jóvenes caminan como ovejas sin
pastor. Nuestros ancianos sufren en la soledad. Todos nosotros recorremos las
calles temiendo ser asaltados, secuestrados o asesinados. Y si alguien intenta
actuar con honestidad, se le tilda de ingenuo o de loco.
Hoy, las drogas, la violencia y la delincuencia se ven
como parte “natural” del paisaje. Y eso es quizás la señal más clara de que
hemos cruzado un punto de no retorno.
Una sociedad sin brújula moral
Pero… ¿realmente no hay retorno?
Quisiera creer que aún es posible un milagro. Que este
pueblo que alguna vez fue ejemplo de afecto, de ternura, de hospitalidad, puede
volver a levantarse. Que la tierra que fue llamada “Tierra del Amor Eterno”, la
Nueva Jerusalén, aún puede renacer. Que el país cuya bandera lleva una Biblia
abierta en el centro no ha perdido del todo su luz.
¿Es posible un milagro nacional?
Un milagro no ocurre solo por fe, sino también por
decisión. Necesitamos volver a lo esencial: a la comunidad, a la educación con
alma, a la familia con sentido, a la justicia como fundamento de la
convivencia. Necesitamos despertar antes de que no quede nadie por despertar.
Recuperar el espíritu perdido
Porque, como suelo repetir: cuando el dolor no produce
sabiduría, el dolor se repite… y se multiplica.
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