Liderazgo y Espiritualidad en la Sociedad Moderna
Liderazgo y Espiritualidad en la Sociedad Moderna
El
mundo está desorientado porque cada vez más su liderazgo espiritual se
encuentra desenfocado. Los valores, paradigmas, o como prefiramos llamarlos,
son los lentes a través de los cuales vemos la realidad, y estos determinan
cómo hacemos ciencia, educación, economía, política, entre otros aspectos
fundamentales de la vida. La economía y la ciencia son herramientas para la
vida y deben estar al servicio de ella. Si no comprendemos esto, nuestro rumbo
estará gravemente equivocado.
Se
ha dicho que la historia del conocimiento es una lucha constante entre la razón
y la vida: la razón intenta imponer su lógica sobre la vida, mientras que la
vida recuerda a la razón que ella es solo una herramienta para facilitar que la
vida alcance sus objetivos y propósitos: teleológicos.
Un
ejemplo claro es la educación: ¿De qué sirven los recursos económicos, las
aulas bien equipadas o los docentes con múltiples doctorados si, al final, no
tienen una idea clara del tipo de ser humano que quieren formar para la
sociedad? Otro ejemplo es la economía o la política: ¿De qué sirven, por muy
admirables que sean, si en países con modelos ejemplares, como los nórdicos,
sus habitantes acaban buscando en el suicidio una salida a sus problemas
existenciales?
Los
enemigos de la humanidad han identificado astutamente el talón de Aquiles de la
estructura cultural occidental: infiltrar, minar y pervertir su sol espiritual.
Esto ha llevado a Occidente a la incertidumbre. Occidente llegará a un abismo
y, después de mucho dolor y sacrificio, reaccionará, reencontrando la necesidad
de dirigir su mente y su corazón hacia la humanización, poniendo la razón al
servicio de la vida.
El Arquetipo de Cristo en la Humanidad
Según
el psicólogo y psicoanalista Carl Gustav Jung, Jesucristo se ha constituido en
el arquetipo de la humanidad. Después de años de estudio en diversas corrientes
filosóficas y espirituales, he llegado a la convicción de la superioridad de
Jesucristo como arquetipo y modelo. Si una persona elige a Cristo como su
atractor espiritual, solo le queda crecer sin límites, en tiempo, espacio y
condiciones.
Los
seres humanos, en general, nos movemos impulsados por dos fuerzas: escapar de
algo que nos empuja o ser atraídos por algo que nos enamora, un atractor. Para
los cristianos, el gran atractor es el amor. Este amor no es solo un
sentimiento, es la manifestación de una realidad que llamamos Hijo de Dios.
Hay
religiones que, de manera inteligente, han entendido que el amor, la compasión
y la solidaridad son los únicos caminos hacia una vida mejor. En este contexto,
utilizan estos valores como instrumentos. Sin embargo, en el cristianismo,
Cristo mismo es el amor, la compasión y la solidaridad. Él es la fuerza que une
y permite que la realidad exista.
El
egoísta inteligente, al comprender esto, puede actuar bien para recibir el bien
que desea, siguiendo la ley de acción y reacción o la de siembra y cosecha. Si
se siembra bien, se cosechará bien. Pero en el cristianismo, debemos despojarnos
incluso de este egoísmo y aspirar a ser el amor mismo, no usarlo como
instrumento. Solo la verdad puede comprenderse a sí misma, y quien busque la
verdad debe dejarse encontrar por ella, porque en última instancia, en ella
vivimos, nos movemos y existimos.
Viviendo en la Verdad y el Amor
No
pretendo entender la vida por completo, pero la estoy viviendo. De la misma
manera, no puedo pretender conocer la verdad absoluta, pero puedo darme cuenta
de que vivo en ella y soy parte de ella, aunque mi ignorancia me impida tener
plena conciencia de ello debido a mi pequeñez.
La
verdad no es algo que pueda poseer, pero sí puedo dejar que me posea, que entre
en mí y me absorba, permitiéndome ser simplemente una manifestación de ella en
el espacio en el que existo. Lo mismo ocurre con el amor: no puedo pretender
entenderlo o encontrarlo, pero puedo dejar que él me haga suyo, que entre en mí
y se convierta en parte de mí ser, como el aire o los alimentos que consumimos.
No
se trata de encontrar la verdad, sino de permitir que ella se manifieste en
nosotros, sin obstaculizarla con nuestras creencias, mapas mentales o
paradigmas. Debemos estar siempre abiertos a que la verdad se manifieste tal
como es, no como nosotros queremos que sea.
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